La Confesión Belga

Traducción © 2011, 2019 Faith Alive Christian Resources/Christian Reformed Church in North America. La versión española se basa en la traducción al inglés aprobada por el sínodo 2011 de la Iglesia Cristiana Reformada en Norte América y por el sínodo 2011 de la Iglesia Reformada de América. Todos los derechos reservados. A menos que sea para estudio, educación o reseña, ninguna parte de este material puede ser reproducido en ninguna manera posible sin el permiso por escrito de la publicadora. Para obtener información de cómo usar material de derechos reservados, contáctese con Faith Alive Christian Resources, 2850 Kalamazoo Ave. SE, Grand Rapids, MI 49560; teléfono: 1-800-333-8300; fax: 616-726-1164; email: permissions@faithaliveresources.org. Producido en los Estados Unidos de América.

Introducción

La norma doctrinal más antigua de la Iglesia Cristiana Reformada y de la Iglesia Reformada en América es la Confesión de Fe, más conocida como la Confesión Belga, pues en el Siglo XVII se le conocía con el título en latín “Confessio Belgica”. El término “Belga” apuntaba a todos los Países Bajos, norte y sur, lo que hoy abarcan dos países distintos, Bélgica y Países Bajos. El autor primario de la confesión fue Guido de Brès, un predicador de las iglesias reformadas de los Países Bajos, que murió como mártir de la fe en 1567. Durante el Siglo XVI, las iglesias del país sufrieron una terrible persecución de parte del gobierno católico. Para protestar en contra de tan cruel persecución, de Brés preparó la confesión el año 1561. De Brés también quería probar ante los perseguidores que los seguidores de la fe reformada no eran rebeldes, como se les acusaba, sino que ciudadanos respetuosos de las leyes, quienes profesaban la verdadera doctrina cristiana según las Sagradas Escrituras. En el año 1562, se envió una copia de la confesión al rey Felipe II, junto con un discurso en el cual los solicitantes declaraban que estaban listos a obedecer al gobierno en todo lo que fuera legal, pero que “ofrecerían sus espaldas a los azotes, sus lenguas a los cuchillos, sus bocas a las mordazas y sus cuerpos al fuego”, antes de negar la verdad expresada en la confesión.

Aunque no se logró el propósito inmediato de ser librados de la persecución –de Brés mismo fue uno de los miles que selló su fe dando su vida– la confesión se mantuvo y continuará permaneciendo. Hasta cierto punto, el autor se valió de una confesión de las iglesias reformadas de Francia, escrita principalmente por Juan Calvino y publicada dos años después. Sin embargo, la obra de de Brés no fue una simple revisión de la obra de Calvino, sino una composición independiente. En 1566, el texto de la confesión fue revisado por el Sínodo de Antwerp. Las iglesias de los Países Bajos de inmediato recibieron con gozo la confesión, y fue adoptada por los sínodos nacionales que se reunieron en las últimas tres décadas del Siglo XVI. El texto–pero no su contenido–fue revisado otra vez durante el Sínodo de Dort, en 1618-19, y la confesión fue adoptada como una de las normas confesionales que todos los oficiales de las iglesias reformadas debían suscribir. La confesión ha sido reconocida como uno de los mejores resúmenes oficiales de doctrina reformada.

En la presente edición, el artículo 36 es presentado en dos formas porque la Iglesia Cristiana Reformada, en 1938 y 1985, decidió revisar el texto original a fin de expresar lo que se juzgó una declaración más bíblica en cuanto a la relación entre Iglesia y Estado, y para eliminar lenguaje que denunciaba a “anabaptistas, otros anarquistas…”, etc. Por su parte, la Iglesia Reformada en América no introdujo ninguna enmienda a la Confesión Belga. No obstante, cuando la Iglesia Reformada en América (IRA) adoptó la Confesión Belga, en 1792, como una de sus tres normas confesionales de unidad, también adoptó artículos explicativos que reconcilian las afirmaciones de las tres normas confesionales y de la Forma de Gobierno de Dort con la situación en la que vivía dentro del nuevo país independiente de los Estados Unidos de América. En cuanto al artículo 36 que trata de la relación entre Iglesia y Estado, se afirmó que “todo lo que se refiere a la autoridad e interposición inmediatas del Magistrado en el gobierno de la iglesia y que se ha introducido más o menos en todas las repúblicas nacionales de Europa, ha sido totalmente omitido en la forma de gobierno que ahora se publica”. En cuanto a las duras palabras en contra de los anabaptistas y otros grupos, en el artículo 36, la IRA afirmó que “al publicar los artículos de fe, la iglesia determinó mantener las palabras adoptadas por el Sínodo de Dordrecht, como lo más expresivo en cuanto a lo que cree que es la verdad; en consecuencia, los términos aludidos no pueden evitarse. Pero declara abierta y sinceramente que de ninguna manera pretendía referirse a ninguna denominación cristiana que hoy se conoce, y que se entristecería al ofender o herir innecesariamente los sentimientos de cualquier persona”.

Artículo 1: El único Dios

Todos creemos en nuestros corazones
y confesamos con nuestros labios
que hay un solo
ser simple
y espiritual
a quien llamamos Dios—
eterno,
incomprensible,
invisible,
inmutable,
infinito,
todopoderoso;

completamente sabio,
justo
y bueno,
y fuente inagotable
de todo bien.

Artículo 2: Los medios por los cuales conocemos a Dios

Conocemos a Dios a través de dos medios:

Primero, lo conocemos a través de la creación, preservación y gobierno del universo,
puesto que este universo
está ante nuestros ojos como un hermoso libro,
en el cual todas las criaturas,
grandes y pequeñas,
son como letras
que nos hacen reflexionar
en las cosas invisibles de Dios:
el poder y divinidad eternos de Dios,
tal como el Apóstol Pablo afirma en Romanos 1:20.

Todas estas cosas son suficientes para convencer a los humanos,
dejándolos sin excusa alguna.

Segundo, Dios se nos da a conocer más claramente
a través de su santa y divina Palabra,
tanto como nos es necesario saber en este vida,
para la gloria de Dios y para nuestra salvación.

Artículo 3: La Palabra escrita de Dios

Confesamos que esta Palabra de Dios
no fue enviada ni entregada “por voluntad humana”,
sino que “hombres y mujeres movidos por el Espíritu Santo
hablaron de parte de Dios”,
como dice Pedro.1

Más adelante, nuestro Dios—
con un cuidado especial
por nosotros y nuestra salvación—
ordenó a sus siervos, los profetas y apóstoles,
a que pusieran por escrito esta Palabra revelada.
Dios mismo, con su propio dedo, escribió las dos tablas de la ley.

Por tanto, a estos escritos los llamamos
santas y divinas Escrituras.

1 2 P. 1:21

Artículo 4: Los libros canónicos

Incluimos en la Santa Escritura los dos volúmenes
del Antiguo y Nuevo Testamentos.
Son libros canónicos
sobre los cuales no puede haber controversia alguna.

En la iglesia de Dios, la lista es la siguiente:
En el Antiguo Testamento,
los cinco libros de Moisés—
Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio;
los libros de Josué, Jueces y Rut;
los dos libros de Samuel, y los dos de Reyes;
los dos libros de Crónicas, llamados Paralipómenos;
el primer libro de Esdras; Nehemías, Ester, Job;
los Salmos de David;
los tres libros de Salomón—
Proverbios, Eclesiastés y Cantares;
los cuatro profetas mayores—
Isaías, Jeremías*, Ezequiel, Daniel;
y después los doce profetas menores—
Oseas, Joel, Amós, Abdías,
Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc,
Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías.

En el Nuevo Testamento,
los cuatro evangelios—
Mateo, Marcos, Lucas y Juan;
los Hechos de los Apóstoles;
las catorce cartas de Pablo—
a los Romanos;
las dos cartas a los Corintios;
a los Gálatas, Efesios, Filipenses y Colosenses;
las dos cartas a los Tesalonicenses;
las dos cartas a Timoteo;
a Tito, Filemón y a los Hebreos;
las siete cartas de los otros apóstoles—
una de Santiago;
dos de Pedro;
tres de Juan;
una de Judas;
y el Apocalipsis del apóstol Juan.

* “Jeremías” incluye aquí el Libro de Lamentaciones, así como el Libro de Jeremías.

Artículo 5: La autoridad de la Escritura

Recibimos todos estos libros,
y sólo estos,
como santos y canónicos,
para regular, fundar y
establecer nuestra fe.

Y creemos,
sin duda alguna,
todas las cosas contenidas en ellos—
no tanto porque la iglesia
los recibe y aprueba como tales,
sino sobre todo porque el Espíritu Santo
testifica en nuestros corazones
de que proceden de Dios,
y también porque ellos
prueban por sí mismos
que proceden de Dios.

Porque hasta los ciegos mismos son
capaces de ver
que las cosas predichas en ellos
ocurren.

Artículo 6: Diferencias entre los libros canónicos y los libros apócrifos

Distinguimos entre estos santos libros y los apócrifos,
los cuales son los libros tercero y cuarto de Esdras;
los libros de Tobías, Judit, Sabiduría, Jesús Sirac, Baruc;
lo añadido a la historia de Ester;
el Cántico de los tres niños en el horno de fuego;
la historia de Susana;
la historia de Bel y el dragón;
la oración de Manasés;
los dos libros de los Macabeos.

La iglesia puede sin duda leer estos libros y aprender de ellos
hasta donde concuerden con los libros canónicos.
Pero no tienen tal poder y virtud
como para que uno pueda confirmar
a partir de su testimonio
ningún asunto de fe o de la religión cristiana.
Mucho menos pueden disminuir
la autoridad
de los otros libros santos.

Artículo 7: La suficiencia de la Escritura

Creemos
que esta Santa Escritura contiene
en forma total la voluntad de Dios
y que todo lo que deber ser creído para ser salvo
está suficientemente enseñado en ella.

Porque dado que toda la forma de servicio que Dios
nos requiere está descrito en ella extensamente, nadie—
ni siquiera un apóstol
o ángel del cielo,
como dice Pablo—2
debería enseñar algo distinto de lo que
las Santas Escrituras
ya nos han enseñado.

Porque dado que está prohibido añadir a
la Palabra de Dios,
o quitar alguna cosa de ella,3
está plenamente demostrado
que la enseñanza es perfecta
y completa en todo respecto.

Por tanto, no debemos considerar los escritos humanos—
no importa cuán santos hayan sido sus autores—
como si fueran iguales a los escritos divinos;
ni tampoco deberíamos poner la costumbre,
la mayoría,
la época,
el paso del tiempo o las personas,
los concilios, decretos o decisiones oficiales,
por encima de la verdad de Dios,
porque la verdad está por sobre todo.

Porque todos los seres humanos son mentirosos por naturaleza
y más vanidosos que la vanidad misma.

Por tanto, rechazamos de todo corazón
todo aquello que no concuerda
con esta regla infalible,
tal como los apóstoles nos enseñaron,
cuando dijeron,
“Prueben los espíritus
para ver si son de Dios”,4
y también,
“No reciban en casa
o den la bienvenida a ninguno
que venga a ustedes
y que no traiga esta enseñanza”.5

2 Ga. 1:8
3 Dt. 12:32; Apoc. 22:18-19
4 1 Jn. 4:1
5 2 Jn. 10

Artículo 8: La Trinidad

De acuerdo con esta verdad y la Palabra de Dios
creemos en un solo Dios,
quien es una sola esencia,
en quien hay tres personas,
real, verdadera y eternamente distintas
según sus propiedades incomunicables—
esto es,
Padre,
Hijo
y Espíritu Santo.

El Padre
es la causa,
origen
y fuente de todas las cosas,
visibles e invisibles.

El Hijo,
es la Palabra,
la Sabiduría
y la imagen
del Padre.

El Espíritu Santo
es el poder eterno
y poderoso,
que procede del Padre y del Hijo.

Sin embargo,
esta distinción no divide a Dios en tres,
puesto que la Escritura nos enseña
que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo
cada uno tiene una subsistencia
distinta diferenciadas por sus características—
pero de tal forma
que estas tres personas son
un solo Dios.

Así que, es evidente
que el Padre no es el Hijo
y que el Hijo no es el Padre,
y que de la misma forma el Espíritu Santo
no es el Padre ni el Hijo.

No obstante,
estas personas,
así diferenciadas,
no están divididas,
confundidas ni mezcladas.

Porque el Padre no se hizo carne,
ni tampoco el Espíritu,
sino sólo el Hijo.

El Padre jamás estuvo
sin el Hijo,
ni sin el Espíritu Santo,
puesto que todos estos son iguales desde la eternidad,
en una y la misma esencia.

Tampoco hay uno que es primero y otros que es último,
porque todos son uno
en verdad poder,
en bondad y misericordia.

Artículo 9: Testimonio escritural acerca de la Trinidad

Sabemos todas estas cosas por
los testimonios de la Santa Escritura,
así como también por los efectos causados por estas personas,
y especialmente por aquellos efectos que sentimos en nosotros mismos.

Los testimonios de las Santas Escrituras—
que nos enseñan a creer en esta Santa Trinidad—
están escritos en muchos lugares del Antiguo Testamento.
No necesitamos enumerarlos todos,
sino sólo escoger algunos con discreción.

En el Libro de Génesis, Dios dice,
“Hagamos al ser humano a nuestra imagen,
según nuestra semejanza”.
Así que, “Dios creó al ser humano a su imagen”—
por cierto, “hombre y mujer los creó”.6
“El ser humano ha llegado a ser como uno de nosotros”.7

De esto se desprende que hay una
pluralidad de personas dentro de la Deidad,
cuando Dios dice,
“Hagamos al ser humano a nuestra imagen”—
y después Dios apunta a la unidad, cuando dice,
“Dios creó”.

Es cierto que Dios no dice
aquí cuantas personas hay—
pero lo que en el Antiguo Testamento
es un poco oscuro,
en el Nuevo queda claro.

Porque cuando el Señor era bautizado en el río Jordán,
se escuchó que la voz del Padre decía,
“Éste es mi Hijo amado”;8
el Hijo estaba en el agua;
y el Espíritu Santo apareció en la forma de una paloma.

De modo que, para el bautismo de todos los creyentes, Cristo prescribió la siguiente fórmula:

Bauticen a todo la gente “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.9

En el Evangelio de Lucas, el ángel Gabriel le dijo a María,
la madre de nuestro Señor:
“El Espíritu Santo vendrá sobre ti,
y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra;
Así que, al santo niño que va a nacer lo llamarán Hijo de Dios”.10

En otro lugar dice:
“Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo,
el amor de Dios,
y la comunión del Espíritu Santo
sea con todos ustedes”.11

[“Hay tres que testifican en el cielo,
el Padre, la Palabra y el Espíritu Santo,
y estos tres son uno”.]12

En todos estos pasajes, se nos enseña
plenamente que hay tres personas
en una y sola esencia divina.
Y aunque esta doctrina sobrepasa
el entendimiento humano,
nosotros la creemos ahora
por medio de la Palabra,
esperando conocerla y disfrutarla
plenamente en el cielo.

Además,
debemos notar las obras y actividades particulares
de estas tres personas en relación a nosotros.
El Padre es llamado nuestro Creador,
debido a su poder.
El Hijo es nuestro Salvador y Redentor,
por medio de su sangre.
El Espíritu Santo es nuestro Santificador,
por medio de vivir en nuestros corazones.

Esta doctrina de la Santa Trinidad
ha sido siempre mantenida en la verdadera iglesia,
desde el tiempo de los apóstoles hasta ahora,
en contra de judíos, musulmanes y
ciertos falsos cristianos y herejes,
tales como Marción, Mani,
Práxeas, Sabelio, Pablo de Samosata, Arrio,
y otros como ellos,
quienes fueron justamente condenados por los santos padres.

De modo que,
en cuanto a esta materia aceptamos con gusto
los tres credos ecuménicos—
de los Apóstoles, Niceno y de Atanasio—
así como lo que los antiguos padres decidieron
de acuerdo con ellos.

6 Gen. 1:26-27
7 Gen. 3:22
8 Mt. 3:17
9 Mt. 28:19
10 Lc. 1:35
11 2 Cor. 13:14
12 1 Jn. 5:7—siguiendo los mejores textos griegos, la NVI y otras traducciones modernas omiten este versículo o lo colocan en una nota al pie de página.

Artículo 10: La deidad de Cristo

Creemos que Jesucristo,
de acuerdo a su naturaleza divina,
es el único Hijo de Dios—
engendrado eternamente,
no hecho ni creado,
porque si así fuera, sería una criatura.

Cristo es uno en esencia con el Padre;
coeterno;
la imagen exacta de la persona del Padre
y “el resplandor de la gloria de Dios”,13
siendo como el Padre en todas las cosas.

Jesucristo es el Hijo de Dios
no sólo desde el tiempo en que asumió nuestra naturaleza
sino que por toda la eternidad,
tal como los siguientes testimonios nos
enseñan cuando se toman en conjunto.

Moisés dice que Dios creó el mundo;14
y Juan dice que todas las cosas fueron creadas a través de la Palabra,15
que él llama Dios.
El apóstol dice que Dios creó el mundo a través del Hijo.16
También dice que Dios creó todas las cosas a través de Jesucristo.17

Así que debe concluirse
que aquel que es llamado Dios, la Palabra, el Hijo y Jesucristo
ya existía antes de crearlo todo.
Por tanto, el profeta Miqueas dice
que los orígenes de Cristo “se remontan hasta la antigüedad”.18
Y el apóstol dice
que el Hijo “no tiene comienzo
ni fin”.19

Así que,
él es el verdadero Dios eterno,
el todopoderoso,
a quien invocamos,
adoramos
y servimos.

13 Col. 1:15; Heb. 1:3
14 Gen. 1:1
15 Juan 1:3
16 Heb. 1:2
17 Col. 1:16
18 Miq. 5:2
19 Heb. 7:3

Artículo 11: La deidad del Espíritu Santo

Nosotros creemos y también confesamos
que el Espíritu Santo procede
eternamente del Padre y del Hijo—
quien no fue hecho,
ni creado,
ni engendrado,
sin sólo procede
de los dos.

En cuanto al orden,
el Espíritu es la tercera persona de la Trinidad—
de una y la misma esencia,
y majestad,
y gloria,
con el Padre y el Hijo,
siendo verdadero y eterno Dios,
tal como nos lo enseñan las Sagradas Escrituras.

Artículo 12: La creación de todas las cosas

Creemos que el Padre,
cuando le pareció bien,
creó el cielo y la tierra y todas las otras criaturas
de la nada,
por su Palabra—
a saber,
a través de su Hijo.

Dios le ha dado a todas las criaturas
su ser, forma y apariencia
y sus variadas funciones
para servir a su Creador.

Hasta ahora
Dios también las sostiene y gobierna a todas,
según tu eterna providencia
y por su infinito poder,
para que sirvan a la humanidad,
a fin de que la humanidad pueda servir a Dios.

Dios también creó buenos a los ángeles,
para que pudieran ser mensajeros de Dios
y sirvan a los elegidos.

Algunos de ellos cayeron
de la excelencia en la que Dios los creó
a la perdición eterna;
y los otros han persistido y permanecen
en su estado original,
por la gracia de Dios.

Los diablos y los espíritus malignos son tan corruptos
que son enemigos de Dios
y de todo lo que es bueno.
Como si fueran bandidos acechan a la iglesia
y a todos sus miembros
con todo su poder,
para destruir y arruinarlo todo
por medio de sus engaños.

De modo que,
por su propia impiedad
están condenados a la perdición eterna,
diariamente esperando sus tormentos.

Por esta razón,
detestamos los errores de los saduceos,
quienes niegan de que haya espíritus y ángeles,
y también el error de los maniqueos,
quienes dicen que los diablos se originaron a sí mismos,
siendo malos por naturaleza,
sin haberse corrompido.

Artículo 13: La doctrina de la providencia de Dios

Creemos que este buen Dios,
después de haber creado todas las cosas,
no las abandonó a la contingencia y el azar
sino que las dirige y gobierna
según su santa voluntad,
de tal forma que nada ocurre en este mundo
sin la disposición ordenada de Dios.

Sin embargo, Dios no es el autor del pecado,
ni puede ser acusado del pecado que se comete.
Porque el poder y bondad de Dios son
tan grandes e incomprensibles
que Dios arregla y lleva a cabo su obra de manera excelente y con justicia
incluso cuando los diablos y los impíos actúan injustamente.

No deseamos inquirir
con indebida curiosidad
en lo que Dios hace que sobrepasa el entendimiento humano
y que está más allá de nuestra habilidad de comprender.
Pero en toda humildad y reverencia
adoramos los justos juicios de Dios,
que permanecen escondidos de nosotros,
contentándonos con ser discípulos de Cristo,
para limitarnos a aprender lo que Dios nos muestra en la Palabra,
sin salirnos de sus límites.

Esta doctrina nos provee de consuelo inexplicable
ya que nos enseña
que nada nos ocurre por casualidad
sino sólo por la disposición de nuestro bondadoso Padre celestial,
que vela por nosotros con cuidado paternal,
sosteniendo todas las criaturas bajo su señorío,
de modo que ni un cabello de nuestras cabezas
(pues todos están numerados),
ni un gorrión caen a tierra sin que lo
permita nuestro Padre.20

Descansamos en este pensamiento,
sabiendo que Dios restringe a los diablos
y a todos nuestros enemigos,
de modo que no nos pueden herir
sin su voluntad y permiso.

Por tal razón, rechazamos
el detestable error de los epicúreos,
que dicen que Dios no se involucra en
nada y que lo deja todo al azar.

20 Mt. 10:29-30

Artículo 14: La creación y caída de la humanidad

Creemos
que Dios creó seres humanos del polvo de la tierra
y los hizo y formó a su imagen y semejanza—
buenos, justos y santos;
capaces por su propia voluntad de conformarse
en todo a la voluntad de Dios.

Pero cuando estaban en un estado de honor,
no lo entendieron21
y no reconocieron su excelencia,
sino que se sujetaron voluntariamente al pecado
y en consecuencia a la muerte y la maldición,
prestando oído a la palabra del diablo.

Porque transgredieron el mandamiento de vida,
que habían recibido,
y por su pecado se separaron de Dios,
quien era su verdadera vida,
habiendo corrompido toda su naturaleza.

De modo que, se hicieron culpables
y sujetos a la muerte física y espiritual,
habiendo llegado a ser impíos,
perversos
y corruptos en todos sus caminos.
Perdieron todos los excelentes dones
que habían recibido de Dios,
y no retuvieron ninguno de ellos
a excepción de unos pocos vestigios
suficientes como para hacerlos
nexcusables.

Además, toda la luz en nosotros se convierte en tinieblas,
como nos enseña la Escritura:
“la luz resplandece en las tinieblas,
y las tinieblas no han podido extinguirla”.22
Aquí Juan está llamando “tinieblas” a la humanidad.

Por tanto, rechazamos todo lo que, al contrario,
se enseña del libre albedrío humano,
ya que los seres humanos no son más que esclavos del pecado
y no pueden hacer nada
a menos que les sea dado desde el cielo.23

Pues ¿quién puede presumir de ser
capaz de hacer algo bueno por sí mismo,
puesto que Cristo dice,
“Nadie puede venir a mí
si no lo trae el Padre que me envió”?24

¿Quién se puede gloriar en su propia voluntad
si entiende que “la mente de la carne es
enemiga de Dios”?25
¿Quién puede hablar de su conocimiento,
en vista del hecho de que “los que no son espirituales
no reciben los dones del Espíritu de Dios”?26

En pocas palabras,
¿Quién puede producir una sola idea,
sabiendo que no somos capaces de
pensar ni siquiera una sola cosa por
nosotros mismos,
sino que “nuestra capacidad viene de Dios”?27

Así que,
lo que el apóstol dice
debería con razón mantenerse inalterable y firme:
“Dios trabaja en nosotros
tanto para que deseemos y hagamos
lo que se conforma con su buena voluntad”.28

Porque no hay entendimiento ni deseo
que se conforme al entendimiento y deseo de Dios
aparte de la intervención de Cristo,
tal como él mismo nos enseña,
“separados de mí ustedes no pueden hacer nada”.29

21 Pal. 49:20
22 Jn. 1:5
23 Jn. 3:27
24 Jn. 6:44
25 Rom. 8:7
26 1 Cor. 2:14
27 2 Cor. 3:5
28 Fil. 2:13
29 Jn. 15:5

Artículo 15: La doctrina del pecado original

Creemos
que por la desobediencia de Adán
el pecado original se ha propagado a
través de toda la raza humana.30

Es una corrupción de toda la naturaleza humana—
una depravación heredada que hasta infecta a los bebés
que están en el vientre de su madre,
y la raíz que produce en la humanidad
todo tipo de pecado.
En consecuencia, es tan vil y enorme a los ojos de Dios
que es suficiente para condenar a la raza humana,
y no se elimina
ni se desarraiga del todo
ni siquiera por medio de bautismo,
puesto que el pecado brota
constantemente como si emanara de un manantial contaminado.

No obstante,
no es imputado a los hijos de Dios
para su condenación,
sino que es perdonado
por su gracia y misericordia—
no para hacerlos dormir
sino para que el conocimiento de esta corrupción
haga que a menudo los creyentes giman
ansiando ser liberados del “cuerpo de esta muerte”.31

Por tanto, rechazamos el error de los Pelagianos
que dicen que el pecado no es más que un asunto de imitación.

30 Rom. 5:12-13
31 Rom. 7:24

Artículo 16: La doctrina de la elección

Creemos que—
habiendo todos los descendientes de Adán
caído en la perdición y ruina
por el pecado de Adán—
Dios se mostró tal como él es:
misericordioso y justo.

Dios es misericordioso
al remover y salvar de esta perdición a aquellos que,
en su consejo eterno e inmutable,
han sido elegidos y escogidos en Jesucristo nuestro Señor,
por su pura bondad,
sin considerar en absoluto sus obras.

Dios es justo
al dejar a los otros en su ruina y caída
en la que se sumieron ellos mismos.

Artículo 17: Restauración de la humanidad caída

Creemos que nuestro buen Dios,
por su maravillosa sabiduría y bondad divinas,
al ver que Adán y Eva se sumieron así tanto en la muerte física como espiritual, haciéndose completamente miserables,
se dispuso a encontrarlos,
a pesar de que ellos,
temblando completamente,
huían de Dios.

Dios los consoló
prometiéndoles que les daría a su Hijo,
nacido de mujer,32
para que aplastase la cabeza de la serpiente,33
y para bendecirlos.

32 Gal. 4:4
33 Gen. 3:15

Artículo 18: La encarnación

De modo que, confesamos
que Dios cumplió su promesa
que hizo a los primeros padres y madres
mediante la boca de los santos profetas
cuando envió a su único y eterno Hijo de Dios
al mundo
en el tiempo señalado.

El Hijo tomó “la forma de un esclavo”
y fue hecho “en forma humana”,34
asumiendo verdaderamente una naturaleza humana real,
con todas sus debilidades,
excepto el pecado;
siendo concebido en el vientre de la bendita virgen María
por el poder del Espíritu Santo,
sin la participación del varón.

Y Cristo no solo asumió la naturaleza humana
en lo que respecta al cuerpo
sino que también asumió un alma humana real
a fin de ser un ser humano verdadero.
Porque debido a que tanto el alma como el cuerpo se perdieron,
Cristo tuvo que asumir ambos
a fin de salvarlos.

Por tanto, confesamos
(en contra de la herejía de los anabaptistas
que niegan que Cristo recibió la carne humana de su madre)
que Cristo “compartió la misma carne y sangre de los hijos”;35
que es el “fruto de los lomos” de David “según la carne”,36
“descendiente de David” según la carne;37
“fruto del vientre” de la virgen María;38
nacido de mujer;39
simiente de David;40
“raíz de Isaí”;41
descendiente de Judá,42
habiendo descendido de los judíos según la carne;
descendiente de Abrahán—
habiendo asumido descendencia de Abrahán y Sara,
“hecho como sus hermanos y hermanas”,
pero sin pecado.43

De esta forma Cristo es verdaderamente nuestro Emanuel—
esto es, “Dios con nosotros”.44

34 Fil. 2:7
35 Heb. 2:14
36 Hch. 2:30
37 Rom. 1:3
38 Lc. 1:42
39 Gal. 4:4
40 2 Tim. 2:8
41 Rom. 15:12
42 Heb. 7:14
43 Heb. 2:17; 4:15
44 Mt. 1:23

Artículo 19: Las dos naturalezas de Cristo

Creemos que debido a la forma en qu
fue concebido la persona del Hijo ha sido
inseparablemente unido
y unificado
con la naturaleza humana,
de tal forma que no hay dos Hijos de Dios,
ni dos personas,
sino dos naturalezas unidas en una sola persona,
reteniendo cada naturaleza sus propias propiedades distintas.

De modo que, su naturaleza divina siempre se ha mantenido no creada,
sin comienzo ni fin de vida,45
llenando el cielo y la tierra.

La naturaleza humana de Cristo no ha perdido sus propiedades
sino que continúa teniendo las propiedades de una criatura—
tiene principio de días;
tiene una naturaleza finita
y retiene todo lo que pertenece a un cuerpo real.
Y aunque él,
a través de su resurrección,
le proveyó de inmortalidad,
esto no cambió
la realidad de su naturaleza humana;
porque nuestra salvación y resurrección
también depende de la realidad de su cuerpo.

Pero estas dos naturalezas
están tan unidas en una persona
que ni siquiera fueron separadas por su muerte.

De modo que,
lo que encomendó al Padre cuando murió
fue un espíritu humano real que dejó su cuerpo.
Pero mientras que su naturaleza
divina permaneció unida a su naturaleza humana
incluso cuando yacía en la tumba;
y su deidad nunca dejó de estar en él,
de la misma forma que estaba en él cuando fue un pequeño niño,
aunque por un tiempo no se reveló como tal.

Estas son las razones por las que lo
confesamos verdadero Dios y verdadero hombre—
verdadero Dios a fin de vencer la muerte
con su poder,
y verdadero hombre a fin de morir por nosotros
en la debilidad de su carne.

45 Heb. 7:3

Artículo 20: La justicia y misericordia de Dios en Cristo

Creemos que Dios—
que es perfectamente misericordioso
y también muy justo—
envió a su Hijo para que asumiera la naturaleza
en la cual se había cometido la desobediencia,
a fin de cargar en ella el castigo del pecado
por medio de su más amarga pasión y muerte.

Así que, Dios dio a conocer su justicia hacia su Hijo,
acusado de nuestros pecados,
y derramó su bondad y misericordia en nosotros,
culpables y dignos de condenación,
entregándonos a su Hijo a la muerte,
a causa del amor más perfecto,
y levantándolo a la vida
para nuestra justificación,
a fin de que a través de él
tengamos inmortalidad
y vida eterna.

Artículo 21: La expiación

Creemos
que Jesús es el sumo sacerdote eterno
según el orden de Melquisedec—
constituido como tal por un juramento—
y que se presentó a sí mismo
a nombre nuestro
delante del Padre,
para apaciguar la ira del Padre
dando satisfacción plena
ofreciéndose a sí mismo
en el madero de la cruz
y derramando su sangre preciosa
para limpiar nuestros pecados,
tal como lo presagiaron los profetas.

Porque está escrito
que “el castigo que nos sana”
fue puesto sobre el Hijo de Dios
y que “por sus heridas fuimos sanados”.
Fue “como cordero llevado al matadero”;
fue “contado entre los transgresores”46
y condenado como un criminal por Poncio Pilato,
a pesar de que Pilato declaró
que era inocente.

De modo que, devolvió
lo que no había robado,47
y sufrió—
“el justo por el injusto”48
en su cuerpo y alma—
de tal forma que
cuando presintió el horrible castigo
que se requería por nuestros pecados
“su sudor era como gotas de sangre
que caían a tierra”.49
Gritó, “Dios mío, Dios mío,
¿por qué me has desamparado?”50

Y soportó todo esto
para conseguir el perdón de nuestros pecados.

Por consiguiente, con razón decimos con Pablo que
no sabemos cosa alguna “que no sea Jesucristo, y éste crucificado”;51
consideramos “todo como pérdida por razón del incomparable valor
de conocer a Cristo Jesús, [nuestro] Señor”.52
En sus heridas encontramos todo
consuelo y no necesitamos buscar o
inventar ningún otro medio
para reconciliarnos con Dios
que no sea este solo y único sacrificio hecho una sola vez,
que hace a los creyentes perfectos para siempre.

Esta es también la razón por la cual el
ángel de Dios lo llamó Jesús—esto es, “Salvador” —
porque el salvaría a su pueblo de sus pecados.53

46 Isa. 53:4-12
47 Sal. 69:4
48 1 P. 3:18
49 Lc. 22:44
50 Mt. 27:46
51 1 Cor. 2:2
52 Fil. 3:8
53 Mt. 1:21

Artículo 22: La justicia de la fe

Creemos que
a fin de que adquiramos el verdadero conocimiento de este gran misterio
el Espíritu Santo enciende en nuestros corazones una fe verdadera
la cual abraza a Jesucristo,
con todos sus méritos,
y lo hace suya,
y ya no busca ninguna otra cosa
fuera de él.

Porque debe necesariamente deducirse
que o bien todo lo que se requiere para nuestra salvación
no se halla en Cristo o bien,
si todo está en él,
que aquellos que tienen a Cristo por la fe
tienen una salvación completa.

Por tanto,
afirmar que Cristo no es suficiente
sino que se necesita algo adicional
es la más grande blasfemia en contra de Dios—
porque entonces resultaría
que Jesucristo es nada más que un Salvador a medias.
Por tanto, decimos justamente con Pablo
que somos justificados “por la sola fe”
o “por la fe sin las obras”.54

No obstante,
no queremos decir,
hablando propiamente,
que es la fe por sí misma la que nos justifica—
pues la fe es sólo un instrumento
por el cual abrazamos a Cristo,
quien es nuestra justicia.

Pero Jesucristo es nuestra justicia
al proveernos a todos nosotros sus méritos
y todas sus obras santas que
hizo para nosotros y en nuestro lugar.

Y la fe es un instrumento
que nos mantiene en comunión con él
y con todos sus beneficios.

Cuando hacemos nuestros estos beneficios,
son más que suficientes para absolvernos
de nuestros pecados.

54 Rom. 3:28

Artículo 23: La justificación de los pecadores

Creemos
que nuestra bendición se encuentra en el perdón de nuestros pecados
a causa de Jesucristo,
y que en esto está contenida nuestra justicia delante de Dios,
tal como David y Pablos nos enseñan
cuando declaran benditos a aquellos
a quienes Dios le otorga justicia
aparte de las obras.55

Y el mismo apóstol dice
que somos “justificados gratuitamente mediante la redención
que Cristo Jesús efectúo”.56
Por tanto, nos asimos de este fundamento,
que es firme para siempre,
dando toda la gloria a Dios,
mostrando humildad,
y reconociéndonos tal como somos;
sin reclamar ninguna cosa por nuestros propios méritos
sino más bien apoyándonos y descansando
sobre la sola obediencia de Cristo crucificado,
quien vino a ser nuestro cuando creímos en él.

Esto es suficiente para cubrir todos nuestros pecados
y para que estemos confiados,
liberando la conciencia del temor, pavor y terror
de acercarnos a Dios
sin hacer lo que nuestros primeros padres hicieron, Adán y Eva,
quienes temblando trataron de cubrirse
con hojas de higuera.

De hecho,
si tuviéramos que aparecer ante Dios confiando—
no importa cuán poco—
en nosotros mismos o en alguna otra criatura,
entonces ¡ay de nosotros! seríamos consumidos.

Por tanto, todos deben decir con David:
“[Señor,] no juzgues a tu siervo,
pues ante ti nadie es justo”.57

55 Sal. 32:1; Rom. 4:6
56 Rom. 3:24
57 Sal. 143:2

Artículo 24: La santificación de los pecadores

Creemos que esta fe verdadera,
producida en nosotros cuando escuchamos la Palabra de Dios
y por la obra del Espíritu Santo,
nos regenera y nos convierte en nuevas criaturas,58
haciéndonos vivir una nueva vida59
y liberándonos de la esclavitud al pecado.

Por tanto,
la fe que justifica
está lejos de hacer que la gente se ponga indiferente
hacia una forma de vida piadosa y santa.
Todo lo contrario,
la fe trabaja de tal forma dentro de ellos que
aparte de la fe
jamás harán ni siquiera una sola cosa movidos por el amor a Dios
sino sólo por el amor a sí mismos
y el miedo a ser condenados.

De modo que, es imposible
que esta fe santa quede sin fruto en el ser humano,
puesto que no hablamos de una fe vacía
sino de lo que la Escritura llama
“la fe que actúa mediante el amor”,60
la cual mueve a la gente a que por sí
mismos hagan las obras que Dios ha mandado
en la Palabra.

Estas obras,
que proceden de la buena raíz de la fe,
son buenas y aceptables a Dios,
ya que están todas santificadas por la gracia de Dios.
No obstante, no se toman en cuenta para nuestra justificación—
porque somos justificados por la fe en Cristo,
incluso antes de que hagamos buenas obras.
De otra manera, no serían buenas,
del mismo modo que el fruto de un árbol no podría ser bueno
si el árbol no es bueno primero que todo.

Así que, hacemos buenas obras,
pero no para acumular méritos—
Porque ¿qué méritos tendríamos?
Más bien, estamos en deuda con Dios por la buenas obras que hacemos,
y no que Dios esté en deuda con nosotros,
puesto que “Dios es quien produce en [nosotros] tanto
el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad”61
recordando lo que ha sido escrito:
“Cuando hayan hecho todo lo que se les ha mandado,
deben decir: ‘Somos siervos inútiles;
no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber’”.62

Sin embargo, no queremos negar
que Dios recompense las buenas obras—
pero por su gracia
que corona estos dones.

Además,
aunque hacemos buenas obras
no basamos nuestra salvación en ellas;
porque no podemos hacer ninguna obra
que no esté contaminada por nuestra carne
y digna de castigo.
Y si incluso fuésemos capaces de realizar una obra buena,
la memoria de un solo pecado es
suficiente para que Dios rechace tal obra.

Así que, siempre estaríamos en duda,
echados de acá para allá
sin ninguna certeza,
y nuestras pobres conciencias estarían atormentadas todo el tiempo
si no descansan en el mérito
del sufrimiento y muerte de nuestro Salvador.

58 2 Cor. 5:17
59 Rom. 6:4
60 Gal. 5:6
61 Fil. 2:13
62 Lc. 17:10

Artículo 25: El cumplimiento de la ley

Creemos
que las ceremonias y símbolos de la ley terminaron
con la venida de Cristo,
y que todos los presagios han terminado,
de modo que se debe abolir su uso
entre los cristianos.
Sin embargo, la verdad y sustancia de estas cosas
permanecen para nosotros en Jesucristo,
en quien han sido cumplidas.

Con todo,
continuamos usando el testimonio
que se deriva de la ley y los profetas
para confirmarnos en el evangelio
y para regular nuestras vidas con toda integridad
para la Gloria de Dios,
según la voluntad de Dios.

Artículo 26: La intercesión de Cristo

Creemos que no tenemos acceso a Dios
excepto a través de un solo y único Mediador e Intercesor,
“Jesucristo, el Justo”,63
quien por tanto, se hizo hombre,
uniendo las naturalezas divina y humana,
para que nosotros los seres humanos
pudiéramos tener acceso a la divina Majestad.
De otra manera, no tendríamos acceso.

Pero este Mediador,
a quien el Padre nombró para mediar entre él y nosotros,
no debería aterrorizarnos con su grandeza,
de tal forma que vayamos a buscar otro
de acuerdo con nuestra propia fantasía.
Porque ni en el cielo ni entre las criaturas de la tierra
hay alguien que nos ame
más que Jesucristo.
Aunque él existía “en la forma de Dios”,
Cristo “se rebajó voluntariamente”,
haciéndose “semejante a los seres humanos”
y tomando “la naturaleza de siervo” por nosotros;64
Y se hizo “semejanza de sus hermanos y hermanas
en todo respecto”.65

Supongamos que tuviéramos que buscar otro intercesor.
¿Quién nos amará más que aquel que dio su vida por nosotros,
incluso cuando todavía “éramos enemigos”?66
Y supongamos que tuviésemos que buscar uno con prestigio y poder.
¿Quién tiene estas cosas en tal cantidad como aquel que está sentado
a la diestra del Padre,67
y que tiene “toda autoridad
en el cielo y la tierra”?68
¿Y quién será escuchado más fácilmente
que el muy amado Hijo de Dios?

Por ello, la práctica de honrar a los santos como intercesores
de hecho más bien los deshonra
a causa de una fe mal enfocada.
Esto es algo que los santos nunca hicieron ni pidieron,
sino que es algo que según su deber,
como se ve en sus escritos,
rechazaron consistentemente.

No debemos argumentar aquí
que somos indignos—
porque no se trata de ofrecer nuestras oraciones
sobre la base de nuestra dignidad
sino sólo sobre la base de la excelencia y dignidad
de Jesucristo,
cuya justicia es nuestra por medio de la fe.

Puesto que con buenas razones el apóstol
quiere que nos deshagamos del temor necio—
o más bien, de esta incredulidad—
nos dice que Jesucristo
fue hecho como “sus hermanos y hermanas en todo respecto,
para que así pudiera ser un sacerdote fiel y misericordioso”,
para purificar los pecados del pueblo.69
Puesto que él sufrió,
siendo tentado,
también puede socorrer
a quienes son tentados.70

Además,
para animarnos más todavía
a que nos acerquemos a él,
nos dice,
“Por lo tanto, ya que en Jesús, el Hijo de Dios,
tenemos un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos,
aferrémonos a la fe que profesamos.
Porque no tenemos un sumo sacerdote
incapaz de compadecerse de nuestras debilidades,
sino uno que ha sido tentado en todo
de la misma manera que nosotros,
aunque sin pecado.
Así que acerquémonos
confiadamente
al trono de la gracia para recibir misericordia
y hallar la gracia
que nos ayude en el momento que más la necesitemos”.71

El mismo apóstol dice que
“mediante la sangre de Jesús,
tenemos plena libertad para entrar en el Lugar Santísimo”.
“Acerquémonos, pues, a Dios con corazón sincero y con la plena
seguridad que da la fe…”.72

De la misma forma,
Cristo “retiene su sacerdocio para siempre…
Por eso también puede salvar por completo
a los que por medio de él se acercan a Dios,
ya que vive siempre
para interceder por ellos”.73

¿Qué más necesitamos?
Porque Cristo mismo declara:
“Yo soy el camino, la verdad y la vida.
Nadie viene al Padre
sino por mí”.74
¿Por qué deberíamos buscar
otro intercesor?

Puesto que le ha placido a Dios
darnos al Hijo como nuestro Intercesor,
no lo dejemos por otro—
o mejor dicho no busquemos si encontrar jamás.
Porque Dios sabía bien que somos
pecadores cuando nos dio a Cristo.

Por tanto,
al seguir el mandamiento de Cristo
invocamos al Padre celestial
a través de Cristo,
nuestro único Mediador,
tal como se nos enseña en el Padrenuestro,
estando seguros de que obtendremos
lo que le pedimos al Padre
en su nombre.

63 1 Jn. 2:1
64 Fil. 2:6-8
65 Heb. 2:17
66 Rom. 5:10
67 Rom. 8:34; Heb. 1:3
68 Mt. 28:18
69 Heb. 2:17
70 Heb. 2:18
71 Heb. 4:14-16
72 Heb. 10:19, 22
73 Heb. 7:24-25
74 Jn. 14:6

Artículo 27: La santa iglesia católica

Creemos y confesamos
una solo iglesia católica o universal—
una congregación santa y la reunión
de los verdaderos creyentes cristianos,
que esperan su completa salvación en Jesucristo,
habiendo sido lavados por su sangre,
y santificados y sellados por el Espíritu Santo.

Esta iglesia ha existido desde el comienzo del mundo
y durará hasta el fin,
como se desprende del hecho
de que Cristo es el Rey eterno
que no puede estar sin súbditos.

Y esta santa iglesia es preservada por Dios
contra la furia de todo el mundo,
aunque por un tiempo
parezca ser muy pequeña
a los ojos humanos—
como si estuviera extinguida.

Por ejemplo,
durante el violento reinado de Acab,
el Señor preservó para sí siete mil
que no se arrodillaron ante Baal.75

De modo que, su santa iglesia
no está confinada,
atada,
o limitada a un cierto lugar o a cierta gente.
Sino que está diseminada y dispersa
a través de todo el mundo,
aunque siempre junta y unida
en corazón y voluntad,
en el único y el mismo Espíritu,
por el poder de la fe.

75 1 Kings 19:18

Artículo 28: Las obligaciones de los miembros de la iglesia

Creemos que
esta santa asamblea y congregación
es la reunión de aquellos que son salvos
y que no hay salvación aparte de ella,
que la gente no debe salir de ella,
contentos de estar a solas,
no importa su estado o condición.

Sino que están obligados
a juntarse y unirse a ella,
guardando la unidad de la iglesia
por medio de someterse a su instrucción y disciplina,
por medio de doblegarse bajo el yugo de Jesucristo,
y por medio de servir edificándose unos a otros,
según los dones que Dios les ha dado como miembros unos de otros
en el mismo cuerpo.

Y para preservar esta unidad en forma efectiva,
es el deber de todos los creyentes,
según la Palabra de Dios,
separarse
de aquellos que no pertenecen a la iglesia,
a fin de unirse a esta asamblea
en todo lugar donde Dios la haya establecido,
incluso en los casos en que las autoridades civiles
y los decretos reales lo prohíban
resultando en muerte o castigos físicos.

Así que,
todos los que se apartan de la iglesia
o que no se unen a ella
actúan en contra de la ordenanza de Dios.

Artículo 29: Las marcas de la verdadera iglesia

Creemos que debemos discernir
diligente y muy cuidadosamente,
por medio de la Palabra de Dios,
cuál es la verdadera iglesia—
porque todas las sectas en el mundo hoy
reclaman para sí mismas el nombre de “la iglesia”.

No nos referimos aquí a la compañía de hipócritas
que están mezclados entre la gente buena dentro de la iglesia
y que, sin embargo, no son parte de ella,
aunque están allí físicamente.
Sino que hablamos de distinguir
el cuerpo y la comunidad de la verdadera iglesia
de todas las sectas que se llaman a sí mismas “la iglesia”.

La verdadera iglesia se puede reconocer
por las siguientes marcas:
La iglesia se ocupa en la predicación pura
del evangelio;
hace uso de la administración pura de los sacramentos
tal como Cristo los instituyó;
practica la disciplina eclesiástica
para corregir las faltas.

En suma, se gobierna a sí misma
según la pura Palabra de Dios,
rechazando todas las cosas contrarias a ella y teniendo a
Jesucristo como la única cabeza.
Por estas marcas uno puede estar
seguro de reconocer la verdadera iglesia—
y nadie debería separarse de ella.

En cuanto a aquellos que pueden pertenecer a la iglesia,
los reconocemos por las marcas distintivas de los cristianos:
esto es, la fe
y porque huyen del pecado y buscan la justicia,
una vez que ha recibido al solo y único Salvador,
Jesucristo.
Aman al verdadero Dios y al prójimo,
sin desviarse a diestra o a siniestra,
y crucifican la carne y sus obras.

Aunque persiste en ellos una gran debilidad,
luchan contra ella
por el Espíritu
todos los días de sus vidas,
apelando constantemente
a la sangre, sufrimiento, muerte y obediencia del Señor Jesús,
en quien tienen perdón por sus pecados,
a través de la fe en él.

En cuanto a la falsa iglesia,
se atribuye más autoridad a sí misma y sus ordenanzas
que a la Palabra de Dios;
no desea sujetarse
al yugo de Cristo;
no administra los sacramentos
tal como Cristo lo mandó en su Palabra;
más bien añade o substrae de ellos
como le place;
se fundamente sobre seres humanos
más que sobre Jesucristo;
persigue a aquellos
que viven vidas santas según la Palabra de Dios
y la recriminan por sus faltas, codicia e idolatría.

Estas dos iglesias
son fácilmente reconocibles
y, por tanto, uno puede distinguir
una de la otra.

Artículo 30: El gobierno de la iglesia

Creemos que esta verdadera iglesia
debería gobernarse según el orden espiritual
que nuestro Señor enseñó en su Palabra.
Debe haber ministros o pastores
que prediquen la Palabra de Dios
y administren los sacramentos.
Debe haber también ancianos y diáconos que,
junto con los pastores,
constituyan el concilio de la iglesia.

Por estos medios
se preserva la religión verdadera;
la verdadera doctrina es capaz de seguir su curso;
y se corrige a la gente impía y se las mantiene bajo control,
de modo que también los pobres y afligidos
sean ayudados y consolados
según sus necesidades.

Por estos medios
todo se hará bien
y en buen orden
en la iglesia,
cuando se eligen personas
que son fieles
y se escogen según la regla
que Pablo le dio a Timoteo.76

76 1 Tim. 3

Artículo 31: Los oficiales de la iglesia

Creemos que
los ministros y ministras de la Palabra de Dios,
así como los ancianos y diáconos
de ambos sexos deberían ser elegidos a sus respectivos oficios
por medio de una elección legítima de la iglesia,
con oración hecha en el nombre del Señor,
y en buen orden,
tal como lo enseña la Palabra de Dios.

Así que, todos deben tener el cuidado de
no promoverse a sí mismos impropiamente,
sino que deben esperar el llamado de Dios,
para que estén seguros de su llamamiento
y ciertos de que son elegidos por el Señor.

En cuanto a los ministros y ministras de la Palabra,
todos tienen el mismo poder y autoridad,
no importa dónde estén,
puesto que todos son siervos de Jesucristo,
único obispo universal,
y la única cabeza de la iglesia.

Además,
para evitar que se viole o desprecie
el santo orden de Dios,
decimos que todos deberían,
en todo lo posible,
estimar en forma especial
a los ministros y ministras de la Palabra y
a los ancianos y ancianas también,
debido a la obra que realizan,
y estar en paz con ellos,
sin quejas, disputas o peleas.

Artículo 32: El orden y disciplina de la iglesia

También creemos que
aunque es útil y bueno
que los gobernantes de las iglesias
establezcan e instalen
cierto orden entre ellos
para mantener el cuerpo de la iglesia,
deberán siempre estar en guardia en contra de desviarse
de lo que Cristo,
único Señor,
nos ha ordenado.

Por tanto, rechazamos todas las innovaciones
y leyes humanas que se nos impongan,
en nuestro culto a Dios,
que aten y fuercen nuestras conciencia
en cualquier modo.

De modo que, solo aceptamos lo que es propio
para así mantener la armonía y unidad,
y mantener a todos en obediencia
a Dios.

Para este fin, se requiere
la excomunicación,
y todo lo que esta involucra,
según la Palabra de Dios.

Artículo 33: Los sacramentos

Creemos que nuestro buen Dios,
teniendo en cuenta nuestra condición rudimentaria y debilidad,
ha ordenado sacramentos para nosotros
para sellar sus promesas en nosotros,
jurar buena voluntad y gracia para nosotros,
y también para nutrir y sostener nuestra fe.

Dios los ha añadido a la Palabra del Evangelio
para representar mejor a nuestros
sentidos externos tanto lo que Dios
nos permite entender por la Palabra
como lo que hace interiormente en nuestros corazones,
confirmando en nosotros
la salvación que nos imparte.

Porque son signos y sellos visibles
de algo interno e invisible,
por los cuales Dios obra en nosotros a
través del poder del Espíritu Santo.
Así que, no son signos vacíos y huecos
para engañarnos y embaucarnos,
porque su verdad es Jesucristo,
sin el cual serían nada.

Además,
estamos satisfechos con el número de sacramentos
que Cristo nuestro Señor ordenó para nosotros.
Sólo hay dos:
el sacramento del bautismo
y la Santa Cena de Jesucristo.

Artículo 34: Sacramento del bautismo

Creemos y confesamos que Jesucristo,
en quien se cumplió la ley,
por su sangre derramada
dio término a todo otro derramamiento de sangre,
que cualquiera pudiera hacer o quisiera hacer a fin de expiar
o satisfacer por nuestros pecados.

Habiendo abolido la circuncisión,
que se hacía con sangre,
Cristo estableció en su lugar
el sacramento del bautismo.

Por medio de él se nos recibe en la iglesia de Dios
y se nos aparta de toda otra gente y de religiones extrañas,
para que pertenezcamos a él totalmente
cuya marca y singo llevamos.
El bautismo también nos testifica
que Dios, siendo Padre misericordioso,
será nuestro Dios por siempre.

Por tanto, Cristo ha mandado
que bauticemos a todos los que le
pertenecen con agua pura
“en el nombre del Padre
y del Hijo
y del Espíritu Santo.”77

De esta forma Dios nos señala que
tal como el agua lava la suciedad del cuerpo
cuando se derrama sobre nosotros
y también es vista sobre los cuerpos de quienes son bautizados
cuando es rociada sobre ellos,
así también la sangre de Cristo opera lo mismo internamente,
en el alma,
por el Espíritu Santo.
La lava y limpia de sus pecados
y nos transforma de ser hijos de ira
a ser hijos de Dios.

Esto no ocurre por el agua física
sino que a través del rociamiento de la preciosa sangre del Hijo de Dios,
quien es nuestro Mar Rojo,
por el cual debemos pasar
para escapar de la tiranía del Faraón,
quien es el diablo,
y entrar a la tierra spiritual
de Canaán.

Así que, ministros,
hasta donde su trabajo tiene que ver,
entréguennos el sacramento y lo que es visible,
pero el Señor nos dará lo que el sacramento significa—
a saber, los dones y gracias invisibles;
el lavamiento, purificación y limpieza de nuestras almas
de toda la suciedad e injusticia;
renovando nuestros corazones y llenándolos
de todo consuelo;
dándonos verdadera seguridad
de su bondad paternal;
vistiéndonos de una “nueva naturaleza”
y desvistiéndonos de la “antigua
con sus vicios”.78

Por esta razón, creemos que
cualquiera que aspire a obtener la vida eternal
debe ser bautizado sólo una vez
sin jamás repetirlo—
porque no podemos nacer dos veces.
No obstante, este bautismo es beneficioso
no sólo cuando el agua está sobre nosotros
y cuando lo recibimos
sino que a lo largo de todas
nuestras vidas.

Por esta razón, rechazamos el error de los anabaptistas
que no se contentan con un solo bautismo
una vez recibido
y también condenan el bautismo
de los niños de los creyentes.
Creemos que nuestros niños y niñas deben ser bautizados
y sellados con el signo del pacto,
así como se circuncidaba a los niños en Israel
sobre la base de las mismas promesas
hechas a nuestros niños.

Y verdaderamente,
Cristo ha derramado su sangre para lavar
a los pequeños de los creyentes tanto
como lo hizo por los adultos.

Por tanto, deberían recibir el signo y sacramento
de lo que Cristo ha hecho por ellos,
tal como el Señor lo ordenó en la ley que
a través del ofrecimiento de un cordero por ellos
el sacramento del sufrimiento y muerte de Cristo
les sería concedido
poco después de su nacimiento.
Este era el sacramento de Jesucristo.

Además,
el bautismo hace por nuestros pequeños
lo que la circuncisión hizo por el pueblo judío.
Es por esto que Pablo llama al bautismo
la “circuncisión de Cristo”.79

77 Mt. 28:19
78 Col. 3:9-10
79 Col. 2:11

Artículo 35: El sacramento de la Cena del Señor

Creemos y confesamos
que nuestro Salvador Jesucristo
ha ordenado e instituido
el sacramento de la Santa Cena
para alimentar y sostener
a aquellos que ya han sido regenerados e implantados
en su familia,
esto es, la iglesia.

Ahora bien, aquellos que han sido
nacidos de nuevo tienen dos vidas en ellos.
Una física y temporal—
que la tienen desde el momento de su primer nacimiento,
y es común a todos.
La otra es espiritual y celestial,
y es dada en su segundo nacimiento—
llega a través de la Palabra del Evangelio
en la comunión del cuerpo de Cristo;
y esta vida es común a los elegidos de Dios solamente.

Así que, para sostener la vida física y terrenal
Dios nos ha prescrito
un pan apropiado pan terrenal y material,
que es común a toda la gente
como la vida misma.
Pero para mantener la vida espiritual y celestial,
que pertenece a los creyentes,
Dios ha enviado pan viviente
que descendió del cielo:
esto es, Jesucristo,
quien nutre y mantiene
la vida spiritual de los creyentes
cuando lo comen—
esto es, cuando se apropian
de él y lo reciben espiritualmente
por la fe.

Para describir para nosotros
este pan espiritual y celestial
Cristo ha instituido
un pan terreno y visible como
el sacramento de su cuerpo
y el vino como sacramento de su carne.
Lo hizo para testificarnos que
tan cierto como tomamos y sostenemos
el sacramento en nuestras manos
y lo comemos y bebemos con nuestras bocas,
por lo cual nuestra vida se sostiene,
así también recibimos en nuestras almas,
para nuestra vida espiritual,
el verdadero cuerpo y sangre de Cristo,
nuestro único Salvador.
Recibimos estos elementos por la fe,
que es la mano y boca de nuestras almas.

Pues es cierto
que Jesucristo no nos prescribió
sus sacramentos en vano,
ya que él hace efectivo en nosotros todo
lo que él representa a través de estos signos sagrados,
aunque la manera en que lo hace
va más allá de nuestro entendimiento
y es incomprensible para nosotros,
tal como la operación del Espíritu de Dios
es oculta e incomprensible.

Sin embargo, no nos equivocamos
cuando decimos que lo que comemos es
el propio cuerpo natural de Cristo
y lo que bebemos es su propia sangre—
pero la manera en que lo comemos no es
por la boca, sino por el Espíritu
por medio de la fe.

De esta forma, Cristo permanece siempre sentado
a la diestra de Dios Padre en el cielo—
pero jamás se refrena, a causa de esto,
de comunicarse a sí mismo a nosotros por medio de la fe.

Este banquete es una mesa espiritual
en la cual Cristo se nos comunica a sí
mismo con todos sus beneficios.
En dicha mesa, nos hace disfrutar de sí
mismo y de los méritos de su sufrimiento y muerte,
nutriendo, fortaleciendo y consolando
nuestras pobres y desoladas almas
por medio de comer su carne,
y aliviándolas y renovándolas
por medio de beber su sangre.

Además,
aunque los sacramentos y lo que
significan son una sola cosa,
no toda la gente recibe ambas cosas.
Los impíos ciertamente toman el sacramento
para su condenación,
pero no reciben la verdad del sacramento,
tal como Judas y Simón el hechicero, por cierto,
recibieron el sacramento,
pero no a Cristo,
quien era el referente del signo.
Él es comunicado sólo a los creyentes.

Por último,
con humildad y reverencia
recibimos el santo sacramento
en la reunión del pueblo de Dios,
cuando juntos participamos,
en una santa conmemoración
de la muerte de Cristo nuestro Salvador,
a la vez que así confesamos
nuestra fe y religión cristianas.
Por tanto, ninguno debe acercase a esta
mesa sin primero haberse examinado cuidadosamente,
no sea que al comer este pan
y beber de esta copa
coma y beba “su propia condena”.80

En suma,
por medio del uso de este sacramento
santo somos movidos a un amor ferviente
hacia Dios y nuestro prójimo.

Por tanto, rechazamos
como una profanación de los sacramentos
todas las ideas confusas e invenciones condenables
que la gente ha añadido y mezclado con ellos.
Decimos que debemos estar contentos con el procedimiento
que Cristo y los apóstoles nos enseñaron
y hablar de estas cosas
en la misma forma en que ellos hablaron.

80 1 Cor. 11:29

Artículo 36: El gobierno civil

Creemos que
debido a la depravación de la naturaleza humana,
nuestro Dios ha ordenado reyes, príncipes y oficiales civiles.
Dios desea que el mundo sea gobernado por leyes y políticas
de tal modo que el desenfreno humano sea restringido
y que todo sea hecho en buen orden
entre los humanos.

Para dicho propósito, Dios ha colocado la espada
en las manos del gobierno,
para castigar a la gente impía
y proteger a la buena.

Y la labor del gobierno no se limita
a cuidar y vigilar el dominio público
sino que también se extiende a apoyar el sagrado ministerio,
con el fin de remover y destruir
toda la idolatría y falso culto del Anticristo;
promover el reino de Jesucristo;
y fomentar la predicación del evangelio en todo lugar;
para que Dios sea honrado y servido por todos,
como lo requiere en su Palabra.*

Además, toda persona,
no importa su posición, condición o rango,
debe obedecer al gobierno,
y pagar impuestos,
y dar honor y respeto a sus representantes,
y obedecerlos en todas las cosas que no estén en conflicto
con la Palabra de Dios,
orando por ellos
que el Señor quiera guiarlos
en todos sus caminos
y que vivan una vida de paz y quietud
en toda piedad y decencia.

Y en este respecto, rechazamos a los anabaptistas, anarquistas
y, en general, a todos aquellos que desean
rechazar las autoridades y oficiales civiles
y subvertir la justicia
introduciendo la propiedad común de bienes
y corrompiendo el orden moral
que Dios ha establecido entre los seres humanos.**

*La Iglesia Reformada en América retiene el texto original completo, pero reconociendo que la confesión fue escrita dentro de un contexto histórico que no describe con precisión la situación de hoy.
**La Iglesia Reformada en América retiene este párrafo final que aparece en el artículo 36, pero reconociendo que la confesión fue escrita dentro de un contexto histórico que no describe con precisión la situación de hoy. El Sínodo de la Iglesia Cristiana Reformada decidió remover este párrafo del cuerpo del texto y colocarlo en una nota al pie.

Artículo 37: El juicio final

Finalmente, creemos,
según la Palabra de Dios,
que cuando llegue el tiempo señalado por el Señor
(que ninguna de sus criaturas conoce)
y se haya completado el número de elegidos,
nuestro Señor Jesucristo vendrá del cielo,
corporal y visiblemente,
tal como ascendió,
con gran gloria y majestad,
para declararse juez
de los vivos y los muertos.
Quemará este viejo mundo
en el fuego y las llamas,
a fin de limpiarlo.

Entonces todas las criaturas humanas comparecerán en persona
delante del gran juez—
hombres, mujeres y niños,
que han vivido desde el principio hasta el final
del mundo.

Serán convocados allí
“con voz de arcángel
y con trompeta de Dios”.81

Porque todos aquellos que murieron
antes de ese tiempo, serán levantados de la tierra,
sus espíritus serán juntados y unidos
con sus propios cuerpos
en los cuales vivieron.
Y en cuanto a quienes estén vivos todavía,
no morirán como los otros sino que serán transformados “en un abrir y cerrar de ojos”
de corruptibles a incorruptibles.82

Entonces los libros (esto es, las conciencias) serán abiertos,
y los muertos serán juzgados
según lo que hayan hecho en el mundo,83
sea bueno o sea malo.
Por cierto, todos tendrán que dar cuenta
de toda palabra ociosa que hayan pronuncido,84
las que el mundo tiene
como sólo un juego.
Entonces los secretos e hipocresías de toda la gente
serán revelados en público
a la vista de todos.

Por tanto,
con buena razón
el sólo pensar en este juicio
es algo horrible y amenazante
a los impíos y malvados.
Pero es placentero
y de gran consuelo
para los justos y elegidos,
puesto que su redención total
será entonces cumplida.
Entonces recibirán los frutos de su labor
de los problemas que sufrieron;
su inocencia será reconocida abiertamente por todos;
y verán la terrible venganza
que Dios traerá sobre los malvados
que los tiranizaron, oprimieron y atormentaron
en este mundo.

Los malvados serán declarados culpables
por el testimonio de sus propias conciencias,
y serán hechos inmortales—
pero solo para ser atormentados
en el “fuego eterno
preparado para el diablo y sus ángeles”.85

En contraste,
los fieles y elegidos serán coronados
con gloria y honor.

El Hijo de Dios profesará sus nombres86
delante de Dios su Padre y de los santos ángeles elegidos;
se enjugarán todas las lágrimas de sus ojos;87
y su causa—
al presente condenada como herética e impía
por muchos jueces y oficiales civiles—
serán reconocida como la causa del Hijo de Dios.

Y como una recompensa de gracia
el Señor los hará poseedores de una gloria
que el corazón humano
jamás podría haber imaginado.

De modo que, miramos con anticipación
a aquel gran día con ansias
a fin de gozar plenamente
las promesas de Dios en Cristo Jesús,
nuestro Señor.

81 1 Tes. 4:16
82 1 Cor. 15:51-53
83 Apoc. 20:12
84 Mt. 12:36
85 Mt. 25:41
86 Mt. 10:32
87 Apoc. 7:17